12 de diciembre de 2014

Siempre hay dolor,

 aunque escondido
o en segundo plano,
en uno de los tres,
cuando hablo de una mujer
a otra.





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SIN RACCORD


El grinder sobre el regalo de Patricia,
la caja pirata sobre el libro del Chi Kung,
el portátil que no carga,
ni el Señor de los Corderos
ni el Silencio de los Anillos.

Frío natural de Diciembre,
calor en el chat, besos esquivos en el muro
y café instantáneo.

Compongo así, mi torpe atrezo en la casa sola.

Procuro así, entretenimiento, especulación,
training básico para superviviente emocional,
esperanzadoras cortinas de humo
para mi tiempo largo,
para mi corazón solo.

Y aún así, ni llenando mis noches de vacíos espectáculos,
consigo la calma, entretenerme,
serenar el pulso la respiración, a veces.

Pues siento, cada vez más dentro tu lejanía,
cada vez más profunda y vacía,
cada vez más tonta y descarnada,
y me monto películas
en las que sólo hay malos y no hay final.

Y no sé dónde meterme cada vez que,
entre las brumas, entre los restos del ramaje plateado del día gris
que se descompone,
me miran tus ojos de roedora adolescente, tus ojos
cabalgando tsunamis y escupiendo tormentas, en fin, no te veo
nada y a las primeras de cambio,
me pongo a hablar de tus ojos, o más bien
de esas cosas que tienen tus ojos.

Esas cosas que los amigos callan
cuando yo estoy delante.

Esas cosas de las que
ni tú ni nadie
sabe o quiere
hacerse responsable.




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